19 nov. 2015

Como quiera cuando quiera

Un pequeño, minúsculo y ridículo niño vive en las páginas de los libros. Le gusta ocultarse detrás de las palabras. Se las conoce como podemos conocer nosotros nuestro nombre o la calle en la que vivimos, o el nombre de la margarita o el nombre del pino negro, aunque aquí podríamos decir que se las conoce mejor que nootros conocemos esos nombres.
Su vida es ir de palabra en palabra haciendo cabriolas, volteretas o el pinopuente, si bien es cierto que en las metáforas de vez en cuando pone cara de sorprendido. No tiene nombre porque él se puede llamar como quiera cuando quiera. Ahora está durmiendo detrás de este punto: .

4 nov. 2015

CENTENARIAZO

Ella pone nueces en el agua. 
Dice que no 
pero yo, 
desde el primer momento, 
supe que era ella quien puso 
aquellas nueces en las botellas de agua. 

Ella expulsa meteoritos de fuego sagrado 
por las puntas rotas de sus canas. 
Es un fuego liberador que sana
 mi alma, 
su alma;
utiliza las largas uñas de los dedos de sus manos: 
las pone sobre su cabeza y dice: 

 “ ¡¡¡Meteoritos de fuego sagrado!!! 
¡¡¡Meteoritos de fuego sagrado!!! "

y vuelve a nuestra belleza la calma. 

Ella lleva fundas nórdicas a la playa. 
No usa toalla. 
Mientras yo clavo la sombrilla en la arena 
ella la extiende como si fuera una sábana, 
nos tumbamos
  me abraza. 

Ella destensa su violín con mi arco. 
Empieza con  una melodía suave, 
acaba con un delicioso canto 
en forma de blancas acrobacias en el aire. 

Ella se lee Nois en alemán.
 Ruido en inglés es noise, 

Como ella le da las gracias siempre al universo 
por todo lo bueno que le sucede 
yo le doy las gracias hoy por haberme traído tan buen ruido.

2 mar. 2015

Una fácil

¿Queréis que siga escribiendo aquí?

18 feb. 2014

seda

Aceptar que las mariposas vienen a morir a mi
Lengua que mueren en mi lengua que
Se deshacen en mi lengua para convertirse en
Polvo multicolor que mi lengua eleva hacia
El cielo de mi boca
Para convertir la boca en una
Cueva cuyo techo es una pintura
Rupestre de mariposas
Muertas
Comprender esa imagen comprender
que el paso de los años transforma el
Lienzo de mariposas muertas
De la cueva de mi boca en
Mariposas que despegarán del
Techo de la cueva de mi boca y
Caerán sobre  mi lengua se
Desharán en pequeñas
Partículas multicolores y mi
Lengua seca de muerte las
Hará volar hacia quién sabe si
Tu boca si
Tu lengua si
Tu cielo de la boca
Si tu cueva de la boca.
Aceptar desde ya sin
Mariposas que el capullo de
Mariposas que tú has buscado
Desde siempre en mi lengua ha
Estado siempre lleno de
Mariposas muertas porque mi
Lengua es el lugar
Al que va a morir todo aquello que
Un día fueron
Mariposas.


26 ene. 2014

Contraarcada


Hace dos días creo, quizás eran tres, quién sabe si cuatro, o cinco tal vez, ahora no estoy del todo seguro; hace unos días, fui a la cafetería verde a tomarme un café, la que tiene mesas atravesadas en vertical por troncos de árboles, sí, la de delante de la chimenea de vapor del centro de la ciudad, esa. El café allí es exquisito, seguro que todos los que habéis ido y lo habéis probado estaréis de acuerdo conmigo. Además, te dan con cada café, gratis, una galleta casera deliciosa, de canela, y una onza diminuta de chocolate negro. Para rizar el rizo, ambos regalos vienen envueltos en un vistoso papel de celofán transparente de los colores de moda, de moda en aquella cafetería, se presupone, porque cada día lo cambian. Aquel día el color de moda era el vino tinto. Por suerte, ni la galleta de canela ni la onza de chocolate otorgaban los poderes mentales que el vino tinto y otros brebajes con graduación ofrecen al degustador, así como tampoco la acidez de estómago que conlleva todo vino tinto con carácter. Lo único que aquellos regalos tenían en común con el vino tinto era el color de su envoltorio.

Hace unos días, creo que eran tres, quién sabe, me avituallé con la felicidad que requiere todo ritual hecho a conciencia para degustar el delicioso café de la cafetería verde y sus regalos. Los rituales poseen a las personas. La mayoría de veces no nos damos cuenta, pero ahí están cada día, adueñándose de nosotros cuando nos despertamos y ponemos los pies pie en el suelo, cuando encendemos la luz de la habitación, cuando caminamos hacia la cocina, cuando repetimos palabras porque creemos que distingue, cuando preparamos el primer café del día o el primer vaso de leche con galletas, sobre gustos ya se sabe, y en cada gesto, en cada movimiento, en todos los procesos instintivos que la rutina ha escondido en un lugar de la cabeza que hace que sean ejecutados de manera inconsciente el ritual se convierte en una forma de vida enigmática.
Lo primero que llegó a mi estómago fue el café, en cuatro sorbos pequeños, mojando los labios primero, tragándome el sorbo después, y acariciándome casi hasta el bigote, con la lengua, finalmente. Lo siguiente que cayó a mi interior fue la onza de chocolate previamente derretida en mi boca, y sí, lo último en depositarse dentro de mí fue la galleta de canela, en tres mordiscos: primero uno, después otro y, para acabar, el último. Pedí la cuenta y me fui para casa.
Caminar por el centro de la ciudad durante fiestas es una tortura. Que si Papá Noel, que si los Reyes Magos, que si la ropa de fin de año, todo el mundo con prisas, así que decidí, como siempre, para qué echarle la culpa a una fecha, volver a casa por las calles de atrás, por las que nunca pasa nadie. Aún tenía la amalgama de sabores en mi boca, inundándola, llenándola y apoderándose de ella como lo han hecho tres gerundios de esta frase. Disfrutaba recordando todo el proceso, me regocijaba con el color del envoltorio de ese día, incluso llegué a pensar que quizás, por aquellas cosas de la magia navideña, en realidad cada uno de los sorbos y tragos de mi ritual habían sido poseídos por el espíritu del vino tinto. Yo, que soy una persona seria y respetada, demasiado respetada casi siempre, erguí mi tronco, borré la sonrisa de mi cara y seguí caminando con paso firme y rostro decidido hacia mi casa.
Es muy común en mí pensar con la misma facilidad con la que... no sé, con la misma facilidad con la que hago las cosas fáciles, que un rostro decidido y un paso firme me vuelven invisible al resto de caminantes. Y digo esto porque en algunas ocasiones me he descubierto riéndome solo por la calle, incluso hablando conmigo mismo, y dejaba de hacerlo cuando los que pasaban por mi lado me miraban como si estuviera loco. No estoy loco, os lo aseguro.
A unos cinco minutos de llegar a casa oí una voz. Al principio creí que eran dos, pero lo único que hacía la segunda era repetir lo que la primera decía, una suerte de eco desubicado, de rima consonante facilona. La primera vez mi mente no quiso creer lo que de veras ocurría, pero con el eco no tuve más remedio que girarme para descubrir quién hablaba. Al notar que no había nadie y que la voz ya no se oía seguí caminando. No sé en qué debía pensar yo, seguramente en el disco que me pondría al llegar a casa (el ritual de el-disco-que-me-pondré.al-llegar-a-casa es uno de los temazos de mi cabeza) cuando la voz y el eco volvieron a sonar. Y fue ahí, en ese preciso momento, cuando supe que la voz estaba dentro de mí.
Estuve a punto de ir a tomarme otro café, otra onza de chocolate y otra galleta de canela. En momentos como esos doy gracias a la madre naturaleza y a todas las raíces que se agarran a su tierra por no ser muy aficionado a las bebidas alcohólicas. También, en momentos como esos, doy gracias a mis seres queridos por dejarme siempre en paz cuando pido espacio y tiempo.
El espacio y el tiempo son muy importantes para mí. El espacio porque allí no hay gravedad ni sonido. No, no es por eso. El espacio porque yo no puedo hablar tranquilo con alguien que está a menos de setenta y ocho centímetros de mí, y el tiempo porque todas las cosas importantes de la vida requieren de él, aunque a veces parezca demasiado. Hoy en día todo está envuelto por las prisas, por el aquí y ahora, por el corre que no llego, por las palabras repetidas por placer, por el dinos ya qué ocurre con la voz, acaba el cuento y deja que me vaya a otra parte.

Pensé en la sobredosis de cafeína, pero era imposible que con solo siete cafés escuchara voces de otro mundo. Cerca había una calle de esas que los escritores de terror catalogan en los cuentos de terror como inhóspitas, y comencé a correr hasta que estuve en ella. Al pararme noté como si el estómago tirara de mí, justo el efecto contrario a una arcada, llamémosla, pues, contraarcada. Al pararme noté como si el estómago tirara de mí, como una suerte de contraarcada. Y la voz dijo:

-Por fin.

Y el eco dijo:

-Fin.

14 may. 2013

aeiou

Pocos lo saben, pero existe otra Biblia. No es la hoja en blanco, nunca puede serlo; aunque la ingeniudad pretenda invadir los lugares seguros, el oxígeno es la mano que se aferra a un bolígrafo, los dedos pasando de página, el nudillo ejercitado: nunca puede ser la hoja en blanco.
El ejército delicado de letras marchando a las órdenes de un cerebro quemado, tiene que ser eso, un cerebro que burle la seguridad de las conexiones neuronales y alcance el almacén de sustancias químicas.
Todo empieza ahí, en el almacén de sustancias químicas, custodias de las historias, enemigas inconscientes de la creación. Todo se origina en alguna parte de la mente.
Debe de existir algún factor externo que nos provenga -de la chispa no, no es una chispa, es un estado general del cuerpo, un bienestar alterado, nervioso, epiléptico- de la cantidad necesaria de imágenes para ensamblar una historia. Esas imágenes son rehenes de las sustancias químicas.
Una mente ordenada se compone de un cofre de imágenes ordenado, de historias para ser contadas con la misma facilidad que un hombre sin inquietudes nace, vive y muere.
Imágenes desordenas en la mente, por ahí van las historias, por esos recodos cerebrales de los que desconocemos el momento exacto de su nacimiento.
No, no nacen, no pueden nacer. Siempre han estado por ahí, sustancias químicas, quizás en el aire, en el agua, en la sangre. Quién quiere creer que nacen.
Es energía. Una imagen oculta también es energía. La hoja en blanco nunca puede serlo.
El propósito de una hoja en blanco es reiniciar el proceso químico que crea historias, iniciar una historia en el mismo momento que nos vemos ante una hoja en blanco, poner en movimiento todo nuestro sistema de valores, gestionarlo, pensarlo, quién sabe. No hay nada claro.
Leer es lo único que salva de la página en blanco. Vila-Matas explicaba que mientras iba en un autobús robaba palabras, frases, anécdotas. Ante eso, prefiero la hoja en blanco. El bus, el cronópico ómnibus es un terreno con escasas probabilidades de darle valor a una hoja en blanco después de leer cierto cuento. Nuevos terrenos, nuevas situaciones, nuevas vueltas de tuerca a la mente, nuevas provisiones, porque quién no ha tenido historias en la parada del transporte público, qué poca vida, qué poca imaginación se debe tener para no haber fantaseado jamás con una persona sentada siempre en el mismo asiento, hoy mira al pasar mañana no, pasado no está, al siguiente encuentro gira la cara y definitivamente clava sus ojos azules en los ojos azules de quien cada día coge el bus para ver si esta vez está, mira o rehúsa mirar. Qué poca vida, qué cantidad de adrenalina desperdiciada la de aquella persona que no ha sido capaz de escribir una nota y dársela, al pasar por su lado, a la persona que los lunes por la mañana, unos días a las siete y veintisiete, otros a y veintiocho, no está, pero sí los martes, miércoles, jueves y viernes, con su ropa de trabajo, sus zapatillas blancas y verdes, su chaqueta gris con capucha gris. No, no es nada creíble que exista un ser humano que haya cogido un autobús público y no se haya visto atraído por otro ser humano sentado en una silla de plástico, que no haya pensado que debía cambiar la rutina de miradas porque si no acabaría volviéndose loco.
Es imposible que una vez dado el paso y la nota
EN JUNIO TRASLADAN MI EMPRESA A OTRA CIUDAD Y NO COGERÉ ESTE BUS MÁS. TE DEJO MI NÚMERO POR SI ALGÚN DÍA TE APETECE QUEDAR Y HABLAR, TOMARNOS ALGO O LO QUE SEA PORQUE VERTE CADA MAÑANA ES BONITO
la liberación de energía no conceda una tregua a la hoja en blanco, y la espera, las dudas, la piedra de la locura no hurgue en el corazón malherido que ha sido el impulsor, no la hoja en blanco, sino un corazón destrozado por la falta de amor, un corazón reducido a un puño recién nacido, a una palabra monosílaba, al sí que nunca le dirán, ni siquiera con faltas de ortografía.
Es imposible que el ataque a la infancia que supone la entrega en mano de una nota escrita a mano y en mayúsculas no engendre lo que durante meses ha estado conviviendo en sus cabezas, cada vez que se esquivaban, cada vez que veían que la otra persona miraba por el cristal de seguridad delantero al bajar del bus, cada vez que coincidían en la parada por aquellos juegos que la soledad regala a sus anfitriones. Es imposible escribir un cuento que transcurra en un autobús cuando la vida, la más narrada de las vidas, transcurre en uno de ellos.



16 jul. 2008

abcda


En estos momentos me encuentro arreglando la máquina del tiempo.
Dada mi ignorancia en calendarios sólo existe una posibilidad
entre siete mil millones
de llegar a un final satisfactorio.
No me echéis de menos
y mucho menos
me lo tengáis en cuenta.