Juan Pedro experimenta una extraña sensación cuando se dirige a la librería, una especie de ansiedad que le asfixia. Una vez dentro esa depresión aumenta, la envoltura de su cuerpo por tantos libros desconocidos, la visualización de tantas portadas inimaginadas, el silencio de las letras, de las gentes que, como él, son absorbidas por tanta sabiduría, los pasos lentos que flotan en el aire, los pasos cortos, la A la C la H la S , aquí no está, todo lo experimenta de tal manera que su imagen del paraíso florido no puede asemejarse más que a la de un infierno doloroso. Sabe que no podrá leer todos los libros que quisiera, que la vida es corta y que por mucho empeño que ponga en no perder el tiempo habrá libros, nombres, lugares, situaciones, sensaciones que jamás conocerá.
Juan Pedro no se llama Juan Pedro. Podríamos decir que su nombre es Antonio David, Michael Andrew o Phillipe Antoine sin caer en la sinrazón de un nombre olvidado. En el interior de la librería también es Joan, Salvador, Julio, Mario, Michel, Jonathan, pero nunca, en estos momentos, podrá ser Jorge, Pedro Miguel o Phil, pues no los conoce todavía. Su ansiedad la provoca la fecha de caducidad ignorada por todos, la implacable, la que nunca se detiene, y lo peor de todo es que no sabe cómo superar su especial congoja.
Una vez se despoja de sus nombres adquiridos en antiguas visitas a esa librería, decide preguntar por un libro que no encuentra. Le dicen que está en la planta de arriba, en crítica literaria, y hacia allí se dirige. Al subir las escaleras se detiene, pues Julio y Edgar le advierten que José y Luis los han ilustrado. Se convierte en Julio, se mira, se observa, la ansiedad aumenta, lo deja, y se dice que otro día, que no dude que otro día vendrá a transformarse de nuevo en esos dos nombres.
Arriba, la sala está vacía, lo que hace que se sienta más libre, más él, más Daniel, hasta el instante en que descubre a Joan y se camufla en su poesía visual, abre el libro, ve las imágenes, huele el impresionante aroma de las letras hasta que decide que se lo lleva. Un poco más a la derecha, entre críticas sobre la literatura del siglo XX y una antología de la literatura universal, descubre una portada amarillamente viva que le sofoca, Giro visual, se metamorfosea en Fernando R., y después de leer la contraportada, decide que van a dedicarse un ameno viaje de vuelta en tren. Sigue buscando por las estanterías, por las mesas del pasillo y por los atriles a los culpables de su ansiedad primigenia, pero al volver al lugar donde secuestró a Joan ve otro libro suyo que le parece más indicado para la función que debe ejercer en Daniel, lo abre, se convierte en Joan otra vez, Visca el Païssos Catalans, no me quitéis los periódicos del suelo que os lleváis mi vida, y justo cuando decide mirar el nombre del autor de ese estudio sobre Joan un pinchazo que invade todo su cuerpo le dicta que lo coja, que si el autor nació el mismo año que él y en la misma ciudad es porque ese libro, ese autor y la A de BARCA se han confabulado para que su disfraz en esos segundos sea el de Jordi y no otro.
Deja al antiguo Joan y sonríe con el nuevo, la ansiedad desaparece lentamente y decide que es momento de preguntar por el causante de tanto cambio. Un chico desaliñado de su misma edad busca en el ordenador la ubicación de lo buscado, no encontrado y pedido, memoriza durante diez eternos segundos el lugar de encuentro y busca, busca, busca, pasa por Joan i Jordi, por Fernando R. y sus giros visuales, por Jorge Luis y por Antójn, pero no dice nada. Daniel sigue buscando como quien sabe de antemano que no va a encontrar nada, porque él cree que los libros no se buscan ni se eligen, te encuentran, como si se lanzaran a ti en una conversación silenciosa, carente de palabras, repleta de sentimientos. Finalmente, el chico, que debe sacarle cinco centímetros y viste una camiseta de manga corta lisamente negra bajo una cara con barba de tres días y pelo al libro albedrío, le dice que no lo encuentra, que si quiere lo pide al almacén, que allí lo tienen.
Daniel se queda pensativo unos instantes: ¿el almacén está en ese mismo edificio o está lejos, tan lejos como para irme a casa sin el libro?
-Vale -dice sin mucho convencimiento, esperando que la siguiente pregunta le aclare las dudas.
-¿Cómo te llamas? -Le pregunta otra vez el chico que no ha encontrado su libro.
-Daniel.
Y se calla unos segundos. El chico le sigue mirando como esperando algo más. Daniel sonríe automáticamente.
-Salty.
EL chico se dirige a su ordenador, teclea lo que debe teclear para esos casos, Daniel le pregunta cuándo estará, el chico le dice que en tres días y Daniel le da las gracias, baja las escaleras saludando a su paso a Julio, Edgar, José y Luis, se dirige a la caja, paga y se va, envuelto entre el ansia de llegar a casa para convertirse de nuevo en Joan y Jordi,en Fernando R. y en Julio, pues antes de pagar descubrió en una estantería privilegiada que el primer libro publicado por Julio con su nombre verdadero no lo tenía y en aquella librería sí.