10 dic 2018
Todo se pierde menos la fe
Me cago en el chacra que me oprime el pecho y en la espera
la espera de aquello que he buscado desde años
y que no llega
porque el tiempo
se
detiene
cuando está cerca
Me esperan los árboles mudando las hojas
por segunda vez
el hipérico semillando
las nueces pudriéndose
las putas zarzas inmortales
enredándose en los perales
los cazadores llenando de cartuchos
mi trozo de mundo verde
de vida que no llega nunca.
Nada llega en la vida,
ni el tiempo para escribir
algo decente.
19 nov 2015
Como quiera cuando quiera
Un pequeño, minúsculo y ridículo
niño vive en las páginas de los libros. Le gusta ocultarse detrás
de las palabras. Se las conoce como podemos conocer nosotros nuestro
nombre o la calle en la que vivimos, o el nombre de la margarita o el
nombre del pino negro, aunque aquí podríamos decir que se las
conoce mejor que nootros conocemos esos nombres.
Su vida es ir de palabra en palabra
haciendo cabriolas, volteretas o el pinopuente, si bien es cierto que en las metáforas
de vez en cuando pone cara de sorprendido. No tiene nombre porque él
se puede llamar como quiera cuando quiera. Ahora está durmiendo
detrás de este punto: .
4 nov 2015
CENTENARIAZO
Ella pone nueces en el agua.
Dice que no
pero yo,
desde el primer momento,
supe que era ella quien puso
aquellas nueces en las botellas de agua.
Ella expulsa meteoritos de fuego sagrado
por las puntas rotas de sus canas.
Es un fuego liberador que sana
mi alma,
su alma;
utiliza las largas uñas de los dedos de sus manos:
las pone sobre su cabeza y dice:
“ ¡¡¡Meteoritos de fuego sagrado!!!
¡¡¡Meteoritos de fuego sagrado!!! "
y vuelve a nuestra belleza la calma.
Ella lleva fundas nórdicas a la playa.
No usa toalla.
Mientras yo clavo la sombrilla en la arena
ella la extiende como si fuera una sábana,
nos tumbamos
me abraza.
Ella destensa su violín con mi arco.
Empieza con una melodía suave,
acaba con un delicioso canto
en forma de blancas acrobacias en el aire.
Ella se lee Nois en alemán.
Ruido en inglés es noise,
Como ella le da las gracias siempre al universo
por todo lo bueno que le sucede
yo le doy las gracias hoy por haberme traído tan buen ruido.
2 mar 2015
18 feb 2014
seda
Aceptar que las mariposas vienen a morir a mi
Lengua que mueren en mi lengua que
Se deshacen en mi lengua para convertirse en
Polvo multicolor que mi lengua eleva hacia
El cielo de mi boca
Para convertir la boca en una
Cueva cuyo techo es una pintura
Rupestre de mariposas
Muertas
Comprender esa imagen comprender
que el paso de los años transforma el
Lienzo de mariposas muertas
De la cueva de mi boca en
Mariposas que despegarán del
Techo de la cueva de mi boca y
Caerán sobre mi lengua se
Desharán en pequeñas
Partículas multicolores y mi
Lengua seca de muerte las
Hará volar hacia quién sabe si
Tu boca si
Tu lengua si
Tu cielo de la boca
Si tu cueva de la boca.
Aceptar desde ya sin
Mariposas que el capullo de
Mariposas que tú has buscado
Desde siempre en mi lengua ha
Estado siempre lleno de
Mariposas muertas porque mi
Lengua es el lugar
Al que va a morir todo aquello que
Un día fueron
Mariposas.
Lengua que mueren en mi lengua que
Se deshacen en mi lengua para convertirse en
Polvo multicolor que mi lengua eleva hacia
El cielo de mi boca
Para convertir la boca en una
Cueva cuyo techo es una pintura
Rupestre de mariposas
Muertas
Comprender esa imagen comprender
que el paso de los años transforma el
Lienzo de mariposas muertas
De la cueva de mi boca en
Mariposas que despegarán del
Techo de la cueva de mi boca y
Caerán sobre mi lengua se
Desharán en pequeñas
Partículas multicolores y mi
Lengua seca de muerte las
Hará volar hacia quién sabe si
Tu boca si
Tu lengua si
Tu cielo de la boca
Si tu cueva de la boca.
Aceptar desde ya sin
Mariposas que el capullo de
Mariposas que tú has buscado
Desde siempre en mi lengua ha
Estado siempre lleno de
Mariposas muertas porque mi
Lengua es el lugar
Al que va a morir todo aquello que
Un día fueron
Mariposas.
26 ene 2014
Contraarcada
Hace
dos días creo, quizás eran tres, quién sabe si cuatro, o cinco tal
vez, ahora no estoy del todo seguro; hace unos días, fui a la
cafetería verde a tomarme un café, la que tiene mesas atravesadas en vertical
por troncos de árboles, sí, la de delante de la chimenea de vapor
del centro de la ciudad, esa. El café allí es exquisito, seguro que
todos los que habéis ido y lo habéis probado estaréis de acuerdo
conmigo. Además, te dan con cada café, gratis, una galleta casera
deliciosa, de canela, y una onza diminuta de chocolate negro. Para
rizar el rizo, ambos regalos vienen envueltos en un vistoso papel de
celofán transparente de los colores de moda, de moda en aquella
cafetería, se presupone, porque cada día lo cambian. Aquel día el
color de moda era el vino tinto. Por suerte, ni la galleta de canela
ni la onza de chocolate otorgaban los poderes mentales que el vino
tinto y otros brebajes con graduación ofrecen al degustador, así
como tampoco la acidez de estómago que conlleva todo vino tinto con
carácter. Lo único que aquellos regalos tenían en común con el
vino tinto era el color de su envoltorio.
Hace
unos días, creo que eran tres, quién sabe, me avituallé con la
felicidad que requiere todo ritual hecho a conciencia para degustar
el delicioso café de la cafetería verde y sus regalos. Los rituales
poseen a las personas. La mayoría de veces no nos damos cuenta, pero
ahí están cada día, adueñándose de nosotros cuando nos
despertamos y ponemos los pies pie en el suelo, cuando encendemos la
luz de la habitación, cuando caminamos hacia la cocina, cuando
repetimos palabras porque creemos que distingue, cuando preparamos el
primer café del día o el primer vaso de leche con galletas, sobre
gustos ya se sabe, y en cada gesto, en cada movimiento, en todos los
procesos instintivos que la rutina ha escondido en un lugar de la
cabeza que hace que sean ejecutados de manera inconsciente el
ritual se convierte en una forma de vida enigmática.
Lo
primero que llegó a mi estómago fue el café, en cuatro sorbos
pequeños, mojando los labios primero, tragándome el sorbo después,
y acariciándome casi hasta el bigote, con la lengua, finalmente. Lo
siguiente que cayó a mi interior fue la onza de chocolate
previamente derretida en mi boca, y sí, lo último en depositarse
dentro de mí fue la galleta de canela, en tres mordiscos: primero
uno, después otro y, para acabar, el último. Pedí la cuenta y me
fui para casa.
Caminar
por el centro de la ciudad durante fiestas es una
tortura. Que si Papá Noel, que si los Reyes Magos, que si la ropa
de fin de año, todo el mundo con prisas, así que decidí, como
siempre, para qué echarle la culpa a una fecha, volver a casa por
las calles de atrás, por las que nunca pasa nadie. Aún tenía la
amalgama de sabores en mi boca, inundándola, llenándola y
apoderándose de ella como lo han hecho tres gerundios de esta frase.
Disfrutaba recordando todo el proceso, me regocijaba con el color
del envoltorio de ese día, incluso llegué a pensar que quizás, por
aquellas cosas de la magia navideña, en realidad cada uno de los
sorbos y tragos de mi ritual habían sido poseídos por el espíritu
del vino tinto. Yo, que soy una persona seria y respetada, demasiado
respetada casi siempre, erguí mi tronco, borré la sonrisa de mi
cara y seguí caminando con paso firme y rostro decidido hacia mi
casa.
Es muy
común en mí pensar con la misma facilidad con la que... no sé, con
la misma facilidad con la que hago las cosas fáciles, que un rostro
decidido y un paso firme me vuelven invisible al resto de caminantes.
Y digo esto porque en algunas ocasiones me he descubierto riéndome
solo por la calle, incluso hablando conmigo mismo, y dejaba de
hacerlo cuando los que pasaban por mi lado me miraban como si
estuviera loco. No estoy loco, os lo aseguro.
A unos
cinco minutos de llegar a casa oí una voz. Al principio creí que
eran dos, pero lo único que hacía la segunda era repetir lo que
la primera decía, una suerte de eco desubicado, de rima consonante
facilona. La primera vez mi mente no quiso creer lo que de veras
ocurría, pero con el eco no tuve más remedio que girarme para descubrir quién
hablaba. Al notar que no había nadie y que la voz ya no se oía
seguí caminando. No sé en qué debía pensar yo, seguramente en el
disco que me pondría al llegar a casa (el ritual de
el-disco-que-me-pondré.al-llegar-a-casa es uno de los temazos de mi
cabeza) cuando la voz y el eco volvieron a sonar. Y fue ahí, en ese
preciso momento, cuando supe que la voz estaba dentro de mí.
Estuve
a punto de ir a tomarme otro café, otra onza de chocolate y otra
galleta de canela. En momentos como esos doy gracias a la madre
naturaleza y a todas las raíces que se agarran a su tierra por no
ser muy aficionado a las bebidas alcohólicas. También, en momentos
como esos, doy gracias a mis seres queridos por dejarme siempre en
paz cuando pido espacio y tiempo.
El
espacio y el tiempo son muy importantes para mí. El espacio porque
allí no hay gravedad ni sonido. No, no es por eso. El espacio porque
yo no puedo hablar tranquilo con alguien que está a menos de setenta
y ocho centímetros de mí, y el tiempo porque todas las cosas
importantes de la vida requieren de él, aunque a veces parezca
demasiado. Hoy en día todo está envuelto por las prisas, por el
aquí y ahora, por el corre que no llego, por las palabras repetidas
por placer, por el dinos ya qué ocurre con la voz, acaba el cuento y
deja que me vaya a otra parte.
Pensé
en la sobredosis de cafeína, pero era imposible que con solo siete
cafés escuchara voces de otro mundo. Cerca había una calle de esas
que los escritores de terror catalogan en los cuentos de terror como
inhóspitas, y comencé a correr hasta que estuve en ella. Al pararme
noté como si el estómago tirara de mí, justo el efecto contrario a
una arcada, llamémosla, pues, contraarcada. Al pararme noté como si
el estómago tirara de mí, como una suerte de contraarcada. Y la voz dijo:
-Por
fin.
Y el
eco dijo:
-Fin.
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