Aceptar que las mariposas vienen a morir a mi
Lengua que mueren en mi lengua que
Se deshacen en mi lengua para convertirse en
Polvo multicolor que mi lengua eleva hacia
El cielo de mi boca
Para convertir la boca en una
Cueva cuyo techo es una pintura
Rupestre de mariposas
Muertas
Comprender esa imagen comprender
que el paso de los años transforma el
Lienzo de mariposas muertas
De la cueva de mi boca en
Mariposas que despegarán del
Techo de la cueva de mi boca y
Caerán sobre mi lengua se
Desharán en pequeñas
Partículas multicolores y mi
Lengua seca de muerte las
Hará volar hacia quién sabe si
Tu boca si
Tu lengua si
Tu cielo de la boca
Si tu cueva de la boca.
Aceptar desde ya sin
Mariposas que el capullo de
Mariposas que tú has buscado
Desde siempre en mi lengua ha
Estado siempre lleno de
Mariposas muertas porque mi
Lengua es el lugar
Al que va a morir todo aquello que
Un día fueron
Mariposas.
18 feb 2014
26 ene 2014
Contraarcada
Hace
dos días creo, quizás eran tres, quién sabe si cuatro, o cinco tal
vez, ahora no estoy del todo seguro; hace unos días, fui a la
cafetería verde a tomarme un café, la que tiene mesas atravesadas en vertical
por troncos de árboles, sí, la de delante de la chimenea de vapor
del centro de la ciudad, esa. El café allí es exquisito, seguro que
todos los que habéis ido y lo habéis probado estaréis de acuerdo
conmigo. Además, te dan con cada café, gratis, una galleta casera
deliciosa, de canela, y una onza diminuta de chocolate negro. Para
rizar el rizo, ambos regalos vienen envueltos en un vistoso papel de
celofán transparente de los colores de moda, de moda en aquella
cafetería, se presupone, porque cada día lo cambian. Aquel día el
color de moda era el vino tinto. Por suerte, ni la galleta de canela
ni la onza de chocolate otorgaban los poderes mentales que el vino
tinto y otros brebajes con graduación ofrecen al degustador, así
como tampoco la acidez de estómago que conlleva todo vino tinto con
carácter. Lo único que aquellos regalos tenían en común con el
vino tinto era el color de su envoltorio.
Hace
unos días, creo que eran tres, quién sabe, me avituallé con la
felicidad que requiere todo ritual hecho a conciencia para degustar
el delicioso café de la cafetería verde y sus regalos. Los rituales
poseen a las personas. La mayoría de veces no nos damos cuenta, pero
ahí están cada día, adueñándose de nosotros cuando nos
despertamos y ponemos los pies pie en el suelo, cuando encendemos la
luz de la habitación, cuando caminamos hacia la cocina, cuando
repetimos palabras porque creemos que distingue, cuando preparamos el
primer café del día o el primer vaso de leche con galletas, sobre
gustos ya se sabe, y en cada gesto, en cada movimiento, en todos los
procesos instintivos que la rutina ha escondido en un lugar de la
cabeza que hace que sean ejecutados de manera inconsciente el
ritual se convierte en una forma de vida enigmática.
Lo
primero que llegó a mi estómago fue el café, en cuatro sorbos
pequeños, mojando los labios primero, tragándome el sorbo después,
y acariciándome casi hasta el bigote, con la lengua, finalmente. Lo
siguiente que cayó a mi interior fue la onza de chocolate
previamente derretida en mi boca, y sí, lo último en depositarse
dentro de mí fue la galleta de canela, en tres mordiscos: primero
uno, después otro y, para acabar, el último. Pedí la cuenta y me
fui para casa.
Caminar
por el centro de la ciudad durante fiestas es una
tortura. Que si Papá Noel, que si los Reyes Magos, que si la ropa
de fin de año, todo el mundo con prisas, así que decidí, como
siempre, para qué echarle la culpa a una fecha, volver a casa por
las calles de atrás, por las que nunca pasa nadie. Aún tenía la
amalgama de sabores en mi boca, inundándola, llenándola y
apoderándose de ella como lo han hecho tres gerundios de esta frase.
Disfrutaba recordando todo el proceso, me regocijaba con el color
del envoltorio de ese día, incluso llegué a pensar que quizás, por
aquellas cosas de la magia navideña, en realidad cada uno de los
sorbos y tragos de mi ritual habían sido poseídos por el espíritu
del vino tinto. Yo, que soy una persona seria y respetada, demasiado
respetada casi siempre, erguí mi tronco, borré la sonrisa de mi
cara y seguí caminando con paso firme y rostro decidido hacia mi
casa.
Es muy
común en mí pensar con la misma facilidad con la que... no sé, con
la misma facilidad con la que hago las cosas fáciles, que un rostro
decidido y un paso firme me vuelven invisible al resto de caminantes.
Y digo esto porque en algunas ocasiones me he descubierto riéndome
solo por la calle, incluso hablando conmigo mismo, y dejaba de
hacerlo cuando los que pasaban por mi lado me miraban como si
estuviera loco. No estoy loco, os lo aseguro.
A unos
cinco minutos de llegar a casa oí una voz. Al principio creí que
eran dos, pero lo único que hacía la segunda era repetir lo que
la primera decía, una suerte de eco desubicado, de rima consonante
facilona. La primera vez mi mente no quiso creer lo que de veras
ocurría, pero con el eco no tuve más remedio que girarme para descubrir quién
hablaba. Al notar que no había nadie y que la voz ya no se oía
seguí caminando. No sé en qué debía pensar yo, seguramente en el
disco que me pondría al llegar a casa (el ritual de
el-disco-que-me-pondré.al-llegar-a-casa es uno de los temazos de mi
cabeza) cuando la voz y el eco volvieron a sonar. Y fue ahí, en ese
preciso momento, cuando supe que la voz estaba dentro de mí.
Estuve
a punto de ir a tomarme otro café, otra onza de chocolate y otra
galleta de canela. En momentos como esos doy gracias a la madre
naturaleza y a todas las raíces que se agarran a su tierra por no
ser muy aficionado a las bebidas alcohólicas. También, en momentos
como esos, doy gracias a mis seres queridos por dejarme siempre en
paz cuando pido espacio y tiempo.
El
espacio y el tiempo son muy importantes para mí. El espacio porque
allí no hay gravedad ni sonido. No, no es por eso. El espacio porque
yo no puedo hablar tranquilo con alguien que está a menos de setenta
y ocho centímetros de mí, y el tiempo porque todas las cosas
importantes de la vida requieren de él, aunque a veces parezca
demasiado. Hoy en día todo está envuelto por las prisas, por el
aquí y ahora, por el corre que no llego, por las palabras repetidas
por placer, por el dinos ya qué ocurre con la voz, acaba el cuento y
deja que me vaya a otra parte.
Pensé
en la sobredosis de cafeína, pero era imposible que con solo siete
cafés escuchara voces de otro mundo. Cerca había una calle de esas
que los escritores de terror catalogan en los cuentos de terror como
inhóspitas, y comencé a correr hasta que estuve en ella. Al pararme
noté como si el estómago tirara de mí, justo el efecto contrario a
una arcada, llamémosla, pues, contraarcada. Al pararme noté como si
el estómago tirara de mí, como una suerte de contraarcada. Y la voz dijo:
-Por
fin.
Y el
eco dijo:
-Fin.
14 may 2013
aeiou
Pocos lo saben, pero
existe otra Biblia. No es la hoja en blanco, nunca puede serlo;
aunque la ingeniudad pretenda invadir los lugares seguros, el oxígeno
es la mano que se aferra a un bolígrafo, los dedos pasando de
página, el nudillo ejercitado: nunca puede ser la hoja en blanco.
El ejército
delicado de letras marchando a las órdenes de un cerebro quemado,
tiene que ser eso, un cerebro que burle la seguridad de las
conexiones neuronales y alcance el almacén de sustancias químicas.
Todo empieza ahí,
en el almacén de sustancias químicas, custodias de las historias,
enemigas inconscientes de la creación. Todo se origina en alguna
parte de la mente.
Debe de existir
algún factor externo que nos provenga -de la chispa no, no es una
chispa, es un estado general del cuerpo, un bienestar alterado,
nervioso, epiléptico- de la cantidad necesaria de imágenes para
ensamblar una historia. Esas imágenes son rehenes de las sustancias
químicas.
Una mente ordenada
se compone de un cofre de imágenes ordenado, de historias para ser
contadas con la misma facilidad que un hombre sin inquietudes nace,
vive y muere.
Imágenes desordenas
en la mente, por ahí van las historias, por esos recodos cerebrales
de los que desconocemos el momento exacto de su nacimiento.
No, no nacen, no
pueden nacer. Siempre han estado por ahí, sustancias químicas,
quizás en el aire, en el agua, en la sangre. Quién quiere creer que
nacen.
Es energía. Una
imagen oculta también es energía. La hoja en blanco nunca puede
serlo.
El propósito de una
hoja en blanco es reiniciar el proceso químico que crea historias,
iniciar una historia en el mismo momento que nos vemos ante una hoja
en blanco, poner en movimiento todo nuestro sistema de valores,
gestionarlo, pensarlo, quién sabe. No hay nada claro.
Leer es lo único
que salva de la página en blanco. Vila-Matas explicaba que mientras
iba en un autobús robaba palabras, frases, anécdotas. Ante eso,
prefiero la hoja en blanco. El bus, el cronópico ómnibus es un
terreno con escasas probabilidades de darle valor a una hoja en
blanco después de leer cierto cuento. Nuevos terrenos, nuevas
situaciones, nuevas vueltas de tuerca a la mente, nuevas provisiones,
porque quién no ha tenido historias en la parada del transporte
público, qué poca vida, qué poca imaginación se debe tener para
no haber fantaseado jamás con una persona sentada siempre en el
mismo asiento, hoy mira al pasar mañana no, pasado no está, al
siguiente encuentro gira la cara y definitivamente clava sus ojos
azules en los ojos azules de quien cada día coge el bus para ver si
esta vez está, mira o rehúsa mirar. Qué poca vida, qué cantidad
de adrenalina desperdiciada la de aquella persona que no ha sido
capaz de escribir una nota y dársela, al pasar por su lado, a la
persona que los lunes por la mañana, unos días a las siete y
veintisiete, otros a y veintiocho, no está, pero sí
los martes, miércoles, jueves y viernes, con su ropa de trabajo, sus
zapatillas blancas y verdes, su chaqueta gris con capucha gris. No,
no es nada creíble que exista un ser humano que haya cogido un autobús
público y no se haya visto atraído por otro ser humano sentado en
una silla de plástico, que no haya pensado que debía cambiar la
rutina de miradas porque si no acabaría volviéndose loco.
Es imposible que una
vez dado el paso y la nota
EN
JUNIO TRASLADAN MI EMPRESA A OTRA CIUDAD Y NO COGERÉ ESTE BUS MÁS.
TE DEJO MI NÚMERO POR SI ALGÚN DÍA TE APETECE QUEDAR Y HABLAR,
TOMARNOS ALGO O LO QUE SEA PORQUE VERTE CADA MAÑANA ES BONITO
la liberación de
energía no conceda una tregua a la hoja en blanco, y la espera, las
dudas, la piedra de la locura no hurgue en el corazón malherido que
ha sido el impulsor, no la hoja en blanco, sino un corazón
destrozado por la falta de amor, un corazón reducido a un puño
recién nacido, a una palabra monosílaba, al sí que nunca le dirán,
ni siquiera con faltas de ortografía.
Es imposible que el
ataque a la infancia que supone la entrega en mano de una nota
escrita a mano y en mayúsculas no engendre lo que durante meses ha
estado conviviendo en sus cabezas, cada vez que se esquivaban, cada
vez que veían que la otra persona miraba por el cristal de
seguridad delantero al bajar del bus, cada vez que coincidían en la
parada por aquellos juegos que la soledad regala a sus anfitriones.
Es imposible escribir un cuento que transcurra en un autobús cuando
la vida, la más narrada de las vidas, transcurre en uno de ellos.
16 jul 2008
abcda
En estos momentos me encuentro arreglando la máquina del tiempo.
Dada mi ignorancia en calendarios sólo existe una posibilidad
entre siete mil millones
de llegar a un final satisfactorio.
No me echéis de menos
y mucho menos
me lo tengáis en cuenta.
Dada mi ignorancia en calendarios sólo existe una posibilidad
entre siete mil millones
de llegar a un final satisfactorio.
No me echéis de menos
y mucho menos
me lo tengáis en cuenta.
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