14 may. 2013

aeiou

Pocos lo saben, pero existe otra Biblia. No es la hoja en blanco, nunca puede serlo; aunque la ingeniudad pretenda invadir los lugares seguros, el oxígeno es la mano que se aferra a un bolígrafo, los dedos pasando de página, el nudillo ejercitado: nunca puede ser la hoja en blanco.
El ejército delicado de letras marchando a las órdenes de un cerebro quemado, tiene que ser eso, un cerebro que burle la seguridad de las conexiones neuronales y alcance el almacén de sustancias químicas.
Todo empieza ahí, en el almacén de sustancias químicas, custodias de las historias, enemigas inconscientes de la creación. Todo se origina en alguna parte de la mente.
Debe de existir algún factor externo que nos provenga -de la chispa no, no es una chispa, es un estado general del cuerpo, un bienestar alterado, nervioso, epiléptico- de la cantidad necesaria de imágenes para ensamblar una historia. Esas imágenes son rehenes de las sustancias químicas.
Una mente ordenada se compone de un cofre de imágenes ordenado, de historias para ser contadas con la misma facilidad que un hombre sin inquietudes nace, vive y muere.
Imágenes desordenas en la mente, por ahí van las historias, por esos recodos cerebrales de los que desconocemos el momento exacto de su nacimiento.
No, no nacen, no pueden nacer. Siempre han estado por ahí, sustancias químicas, quizás en el aire, en el agua, en la sangre. Quién quiere creer que nacen.
Es energía. Una imagen oculta también es energía. La hoja en blanco nunca puede serlo.
El propósito de una hoja en blanco es reiniciar el proceso químico que crea historias, iniciar una historia en el mismo momento que nos vemos ante una hoja en blanco, poner en movimiento todo nuestro sistema de valores, gestionarlo, pensarlo, quién sabe. No hay nada claro.
Leer es lo único que salva de la página en blanco. Vila-Matas explicaba que mientras iba en un autobús robaba palabras, frases, anécdotas. Ante eso, prefiero la hoja en blanco. El bus, el cronópico ómnibus es un terreno con escasas probabilidades de darle valor a una hoja en blanco después de leer cierto cuento. Nuevos terrenos, nuevas situaciones, nuevas vueltas de tuerca a la mente, nuevas provisiones, porque quién no ha tenido historias en la parada del transporte público, qué poca vida, qué poca imaginación se debe tener para no haber fantaseado jamás con una persona sentada siempre en el mismo asiento, hoy mira al pasar mañana no, pasado no está, al siguiente encuentro gira la cara y definitivamente clava sus ojos azules en los ojos azules de quien cada día coge el bus para ver si esta vez está, mira o rehúsa mirar. Qué poca vida, qué cantidad de adrenalina desperdiciada la de aquella persona que no ha sido capaz de escribir una nota y dársela, al pasar por su lado, a la persona que los lunes por la mañana, unos días a las siete y veintisiete, otros a y veintiocho, no está, pero sí los martes, miércoles, jueves y viernes, con su ropa de trabajo, sus zapatillas blancas y verdes, su chaqueta gris con capucha gris. No, no es nada creíble que exista un ser humano que haya cogido un autobús público y no se haya visto atraído por otro ser humano sentado en una silla de plástico, que no haya pensado que debía cambiar la rutina de miradas porque si no acabaría volviéndose loco.
Es imposible que una vez dado el paso y la nota
EN JUNIO TRASLADAN MI EMPRESA A OTRA CIUDAD Y NO COGERÉ ESTE BUS MÁS. TE DEJO MI NÚMERO POR SI ALGÚN DÍA TE APETECE QUEDAR Y HABLAR, TOMARNOS ALGO O LO QUE SEA PORQUE VERTE CADA MAÑANA ES BONITO
la liberación de energía no conceda una tregua a la hoja en blanco, y la espera, las dudas, la piedra de la locura no hurgue en el corazón malherido que ha sido el impulsor, no la hoja en blanco, sino un corazón destrozado por la falta de amor, un corazón reducido a un puño recién nacido, a una palabra monosílaba, al sí que nunca le dirán, ni siquiera con faltas de ortografía.
Es imposible que el ataque a la infancia que supone la entrega en mano de una nota escrita a mano y en mayúsculas no engendre lo que durante meses ha estado conviviendo en sus cabezas, cada vez que se esquivaban, cada vez que veían que la otra persona miraba por el cristal de seguridad delantero al bajar del bus, cada vez que coincidían en la parada por aquellos juegos que la soledad regala a sus anfitriones. Es imposible escribir un cuento que transcurra en un autobús cuando la vida, la más narrada de las vidas, transcurre en uno de ellos.